Tengo 33 años…

El temblor del pasado 19 de septiembre de 2017 vino a cambiar algo en mí que no alcanzo, aún, a comprender. El encierro involuntario y mi incapacidad de salir a las calles a ayudar, seguido de amanecer cada día con la sensación de que muchas parte de la ciudad eran zonas cero, me generó una desazón que, al parecer, sigo arrastrando.

El pasado octubre cumplí 3 años de vivir en la CDMX y no hice festejó alguno. Hace, casi un mes, cumplí 33 años y sigo sin haber organizado celebración alguna. Tal vez la noticia de la muerte de Don Pedro Ángel Palou Pérez y con ello la sensación de que la Cultura en Puebla corre el riesgo de pasar al olvido o a la inexistencia, me quitó todo ánimo; o quizá el haber sufrido mi despido del Fonca y darme cuenta que uno es nada para las Instituciones, a pesar de la dedicación y/o entrega que uno haya puesto, me desilusionó; o probablemente haber recibido la noticia de que todo aquello que parecía ser mi lugar de resguardo se ha convertido en un espacio al que, pareciera, lo más conveniente sea tomar distancia, me provocó una sensación de inmensa e irreparable tristeza.

Tengo 33 años y es lamentable saber que la relación que uno pueda tener con el mundo, los tuyos o uno mismo logre verse afectada por errores de comunicación y por vivir, dictaminados, “al qué dirán”. Somos una sociedad acostumbrada a juzgar y calificar al otro y -sobre todo- a memorizar y enfatizar en lo negativo que tiene y en olvidar y enterrar lo bueno que pueda existir en el prójimo.

Tengo 33 años y me parece irónico que si algo se echó a perder por un asunto de “verdades”, se decida que la decisión final de ése hecho sea mejor ocultarla.

Tengo 33 años; he logrado algunas metas, sueños que me había trazado de más joven y me siento vacío, desalmado.

Tengo 33 años y sé que tengo el talento, la capacidad, las herramientas para afrontar el nuevo reto laboral que me ha puesto la vida, pero hay algo que no me está permitiendo desarrollarme en forma adecuada. No sé si tenga que ver con un desconocimiento del objeto en su totalidad, o quizá, tenga que ver con la sensación de haberme percatado generar Cultura en una provincia con cierto tipo de habitante muy definido a realizarlo en una ciudad donde los habitantes parecieran ser imposibles de definir o “etiquetar”.

Tengo 33 años y no lo he festejado, a pesar de ser un año esotérica y cabalísticamente importante.

Tengo 33 años y no llegaron los regalos y en cambio, sí, me ha invadido una sensación de abandono, descobijo, decepción e incertidumbre.

Tengo 33 años y los únicos lugares donde me sé feliz, vivo y pleno son las novelas, los cuentos, la Poesía, las obras de Teatro o en los partidos del Puebla y Barcelona.

Tengo 33 años y hay muchos amigos, historias, logros personales y calles por las cuales sentirse vivo, contento y orgulloso; pero estoy como en punto muerto.

Tengo 33 años y ni siquiera tengo claro que voy a desayunar, comer y cenar mañana.
Tengo 33 años y sigo sin entender por qué Serrat afirma que “hoy puede ser un gran día”.

Tengo 33 años y no sé, si algún día volveré “al santo oficio de la veleta,/
desnudando la vida como un bergante/
y soñando que un día serás poeta”; como dice Silvio Rodríguez

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Los 5 sismos que he vivido…

1er sismo

19 de septiembre de 1985, tenía siete meses de nacido y el Distrito Federal registró un sismo de una magnitud de 8.1. Cuentan que la destrucción fue total. Incalculables las pérdidas humanas, unos hablaron de tres mil muertos, otros de veinte mil y algunos más decían que cuarentaicinco mil. El paisaje del Distrito Federal cambió y la sociedad mexicana también, al menos la que habitó y sigue viviendo en la ciudad más transparente del aire.

A lo largo de mi vida, fui recibiendo una especie de educación para saber cómo actuar ante un sismo. De chico, los simulacros me parecían un juego o una especie de extensión del recreo.

 

2do sismo

El martes 15 de junio de 1999, por alguna extraña coincidencia, mi hermana se sentía mal del estómago o la cabeza y yo había llegado tarde a la escuela y no me habían permitido entrar, así que mi padre nos regresó a la casa. Yo me encontraba viendo la tv en el piso de madera del cuarto de entretenimiento (ahora mi cuarto en la casa familiar de Puebla) y mi hermana decidió irse a recostar conmigo para no estar solita en el cuarto de mis papás. A los pocos minutos de que ella estaba conmigo, el piso comenzó a moverse, mi hermana creía que era un mareo y cómo pude la coloque en un lugar que creía seguro y la intenté mantener calmada. Yo moría de miedo por dentro, la casa se movía cómo chicle, pensé que iba a caerse. Duró cuarentaicinco segundos y fueron una eternidad. Se fue la luz, se fue el teléfono, no tenía celular o no recuerdo haberlo tenido y me fue imposible saber de mis papás. Sobrevivimos, pero la ciudad había sido afectada y se habló de algunos derrumbes impactantes en el centro histórico de Puebla. Sentía una especie de tristeza al ver por las noticias los fragmentos de pared o techo de algunos edificios. Ese había sido el temblor más fuerte que experimenté.

 

3er sismo

En septiembre de 2012, sin aparente aviso, sentí que el cerebro me latía, me incomodaba la ropa, tenía náuseas, me lastimaba la luz y el piso se me movía cual sismo con movimiento oscilatorio. Mi madre me llevó al médico y ahí me enteré que estaba teniendo un episodio de depresión-ansiedad. Duré casi un mes en cama, me costaba pasar sólidos, me daba miedo sentarme o pararme, todo se me movía y tenía que dormir con el cuerpo orientado al lado derecho, pues voltear al otro me provocaba mareos. Tampoco podía leer o ver la tv, me dolía la cabeza al hacerlo. Lloré mucho y tenía mucho miedo. Poco a poco salí de ese episodio, pero si me estreso o me deprimo me vuelven la migraña o el vértigo. Entonces, entendí que debo mantenerme equilibrado emocionalmente y no debo someterme a una rutina, pues eso puede detonar alguno de esos episodios. Y, en la medida de lo posible: tomar terapia psicológica, aunque mi bolsillo no siempre me lo permite.

 

4to sismo

El 7 de septiembre de 2017 estaba viendo la televisión antes de dormir y al fondo escuchaba un ruido extraño, bajé el volumen y supe que era la alerta sísmica. Desperté a mis roomies y salimos del departamento. Ya en la calle vimos que era un movimiento leve, pero conforme pasaba el tiempo iba aumentando la intensidad. Y de pronto, mi memoria estaba retrocediendo a 1999. En ese momento afirmé que había sido el 2do temblor que más había sentido. Me costó dormir. Al siguiente día, sabríamos que fue devastador con diversas regiones de Chiapas y Oaxaca, pues tuvo una intensidad de 8.2

 

5to sismo

Era 19 de septiembre, 32 aniversario del terrible sismo de 1985. 32 años habían pasado y a las 11 de la mañana realizaríamos el simulacro nacional. Según ese simulacro, tardamos casi 4 minutos en desalojar el edificio de mi centro de trabajo. En un evento real, eso elevaría la posibilidad de que muchos queden atrapados. Algo está mal, no sé si en el diseño del edificio o en la estrategia para evacuar el inmueble. Dos horas después la Ciudad de México registró un sismo de larga duración y que se sintió cabronamente. Muchos no alcanzamos a salir del edificio y optamos por refugiarnos en algún espacio del edificio. El miedo y el terror nos invadían, escuchábamos crujir el edificio, sentíamos que se movía cual gelatina. Yo me aferré a la mano de un compañero, luego casi terminé abrazándolo. Juré que ahí terminaba mi vida. Me veía sepultado bajo los escombros del edificio. Al terminar el movimiento, salí corriendo del edificio y ver la luz y verme ahí, caminando, fue volver a nacer. Acto seguido, busqué -entre los compañeros de oficina-, a mi aliada, a mi cómplice: Karen. La vi y descansé un poco. Luego fui a mi casa para verificar que no hubiera fuga de gas, grietas o algo más. Encontré uno de mis libreros roto, en el piso, y con mis libros y discos desparramados por el piso del cuarto. Nada que no pudiera arreglarse. Luego vino la histeria y la desesperación, Karen no lograba comunicarse con su familia. No había, prácticamente, transporte y el poco que circulaba estaba saturado. Cómo pudimos logramos llegar a su casa y en el trayecto nos enteramos que todos estaban bien. Luego supe que mis familiares y amigos se encontraban bien. Con el paso de los días, la tristeza me ha invadido. Tristeza de saber de toda la gente que murió y se quedó sin casa. Tristeza de ver que muchos edificios históricos de Puebla habían sido afectados y que habrá algunos que serán derrumbados. Tristeza de saber que, nuevamente, como hace 32 años, el paisaje de la Ciudad de México cambiará drásticamente, pues muchos edificios colapsaron y otros serán demolidos. Tristeza de sentirme inútil y no colaborar físicamente en alguna brigada o centro de acopio, mi proclividad a deprimirme o estresarme es un impedimento y hacerlo sería apretar el botón para que me dé vértigo o migraña, o ambas. Aún sigo sintiendo tristeza, pero también inseguridad y miedo: cualquier alarma me estresa, sigo sintiendo que el piso se me mueve. He dormido poco, sigo estando en alerta. Sé que algún día se irá quitando la sensación, pero mientras escribo para buscar sanar por dentro.

Y sé que muchos están como yo. Muchos necesitemos algo que nos haga reír, algo que nos desconecte del mundo. Eso también es parte de la gran labor que sigue, recuperar la vida, la calma, reconstruirnos.

Vi a mucha gente en la calle, de todo tipo clases, preferencias u orientaciones sexuales e ideologías, ayudando a retirar escombros, rescatando gente o habilitando centros de acopio. Ojalá esto sea la oportunidad para dejar de juzgarnos y odiarnos. Deseo de corazón que está chispa social y humanística que se reavivó sirva para comprender, entender, escuchar y valorar más al otro. Deseo que este renacimiento nos ayude a recomponernos como sociedad.

Un día a la vez, dicen los alcohólicos y drogadictos en rehabilitación, así todos.

La vida nos otorgó una oportunidad, pienso, para revalorar las cosas, para realizar los sueños y para amar al otro sin prejuicios sociales, sexuales, económicos o ideológicos.

 

De mis libros sin firmar de Nacho Padilla

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1

Estoy en casa, ha sido un gran recibimiento familiar. Cené con mis papás y recibí los presentes europeos que mi hermana me trajo. Presentes muy enfocados a mi persona y mis gustos. Se siente bien que mi hermana, sí me conozca.

He visto a Nala y Mafalda y como siempre, brincaron, me movieron la cola y no sabían si lamerme o morderme para quedarse con pedazo de mí. Ellas me provocan una sensación incomparable, muy seguido me hacen falta en mis días en la Ciudad de México.

2

Ya he dicho varias veces, creo, que mi cuarto es una especie de pequeña isla donde me puedo refugiar de todo. En esta isla no existen palmeras, habitan mis libros. Estos han sido el medio más efectivo para cosechar muchas amistades sinceras y valiosas, también han sido una especie de lazo con el mundo. La lectura es, probablemente, mi auténtica religión. La poesía y mi escritura, quizá, son mis auténticos rezos.

Cuando estoy en la casa familiar revisó mis libreros, con el afán de constatar que no falte alguno y retirarles el polvo que pueda estar cubriéndolos.

En mi actual y reciente estancia vacacional en la casa familiar de Puebla, me puse a escoger qué libros podría llevarme con el afán de conseguir que me los dediquen sus autores, muchos de ellos, muy queridos y admirados. En este ejercicio me topé con libros del gran Nacho Padilla, tristemente me percaté que algunos se quedaron sin su dedicatoria.

Si volviesen sus majestades, Crónicas africanas, El Diablo y Cervantes, El androide y las quimeras, La vida íntima de los encendedores, Por un tornillo, Los anacrónicos y otros cuentos, Arte y olvido del terremoto, La isla de las tribus perdidas, El daño no es de ayer, Los reflejos y la escarcha y La industria del fin del mundo; son los libros que se han quedado sin las dedicatorias de Nacho Padilla

Curioso y triste hallazgo.

Hace unos minutos, le compartí mi triste descubrimiento a Karen y me dijo: “seguramente se estará riendo contigo, Nacho”. No sé si se esté riendo conmigo o de mí. Pero definitivamente cuando me acuerdo de él, rememoró su sonrisa.

3

Y esta revisión de mis libros se da hoy, 2 de agosto.

Unas horas antes de que me viniera para Puebla, el Facebook me recordó que -el 2 de agosto del año pasado- la Coordinación Nacional de Literatura del INBA, comandada por el escritor Mauricio Montiel Figueiras, había organizado un homenaje a Nacho Padilla, dentro del ciclo Protagonistas de la Literatura Mexicana.

Inconsciente o no, en una especie de diálogo-homenaje sentimental releí cada una de sus dedicatorias. Suspiré, sonreí y me entristecí.

¿Qué estarás haciendo, querido Nacho Padilla?

Ojalá estés escribiendo y nos hagas llegar una historia desde el más allá.

Yo por lo pronto, te recuerdo con mucho cariño y agradezco a la vida los ratos compartidos.

4

Viajarán conmigo a la Ciudad de México algunos libros de Valeria Luiselli, Guadalupe Nettel, Mario Bellatin, Rowena Bali y Karen Villeda.

Libros que han sido leídos y reseñados, pero que esperan obtener la dedicatoria de su autor.

Sobre el agobio o el por qué me ausento tanto de este blog

EXPOSICIÓN MELANCOLÍA-MUNAL-7 DE JULIO DE 2017 (96)Soy un ser indisciplinado, me abruma someterme a un sistema, a una rutina. Me agobia. Quizá por eso me cuesta mantener un diario o escribir continuamente un blog.

La rutina me fastidia, empero es un lugar al que todos llegamos sin querer.

La rutina como la muerte son las certezas más grandes de nuestra existencia.

La muerte es el fin y la rutina el puerto al que todos se aferran, pues otorga una sensación de seguridad. La escritura y la lectura son pulmones, son vida, son compañía, son remanso. Por eso someter ambas pasiones a procesos disciplinarios o rutinarios me parece absurdo, contra natura.

Sin embargo, en mi persona existe un proceso extraño, obsesivo tal vez. Cuando recién descubro un nuevo alimento, una nueva bebida o entablo una nueva amistad; tiendo a exprimir tanto el hallazgo que al poco tiempo termino por hartarme. Probablemente por eso caí en una especie de círculo vicioso en Puebla: el mismo círculo de amistades, frecuentar los mismos lugares y realizar las mismas actividades. A eso habría que sumarle que es tan pobre la posibilidad de esparcimiento cultural que invariablemente uno termina por recorrer más de cinco ocasiones el mismo lugar con la misma gente que llevas años conociendo.

La Ciudad de México afortunadamente me complica caer en ese círculo infernal, empero -de unos meses para acá- tengo la sensación de estar estancado. He abandonado algunas pasiones por desidia y me he obsesionado con otras por novedosas y por ausentes en los anteriores años de mi vida. Una de esas pasiones es el Teatro. Una nueva patria que no me permitiré abandonar, la cual he ido anexando con singular alegría tanto en mi librero como en mi vida cultural, por decirlo de una forma; mi hambre creativa también lo ha agradecido, pues ha venido a enriquecer mis búsquedas tanto temáticas como estéticas. El Teatro es mi salvavidas, pero no es suficiente. Necesito más actividad. Reseñar libros ocasionalmente para 24-horas Pueblas y mantener una columna para Mexican Times tampoco terminar por cubrir mi inquietud. Tengo algunos proyectos en mente, pero aún no existe la claridad necesaria.

Recientemente volví a una de mis pasiones: organizar eventos. Meses atrás logré llevar a Pedro J. Fernández autor de la novela Yo Díaz, sobre uno de mis personajes favoritos de la Historia de México: Porfirio Díaz; además Pedro es quien creó y mantiene el Twitter y Facebook de Don Porfirio Díaz. Eso me ha ayudado a recuperar energías, pero no lo suficiente.

En días pasados, me acerqué a la edición 2017 del Encuentro Internacional de Poesía de la Ciudad de México y me religué con uno de los pilares más importantes de vida. Uno de los eventos que más me engancharon fue la mesa conversacional que se realizó para entender cómo se escribe un poema moderno. La mesa en la que participé fue comandada por Eleonora Finkelstein y Francisco Larios, ahí recordé muchas cosas que había almacenado en el sótano de mis recuerdos y de mis necesidades. Una de esas necesidades es pertenecer a un círculo de amistades donde podamos reunirnos ocasionalmente a platicar de poesía, de literatura y de otras pasiones. Me encantaría tener un grupo creativo. No sé, dónde buscarlo. Quizá sea necesario que regrese a la vieja tradición del taller literario y ahí construir esa necesidad.

O tal vez deba poner un aviso clasificado: aprendiz de poeta busca amigos para conversar de poesía y otros menesteres literarios.

 

Créditos de la pintura: Pierrot doctor (1898) de Julio Ruelas. Exposición Melancolía del MUNAL.

“Necesitas más calma en tu vida”

Uno de los libros al que debo mi amor por la lectura es: Macario de B. Traven, en su momento me maravilló el sueño que Macario tenía de algún día poder comerse un pavo entero, sin tener que compartirlo con nadie. El esfuerzo amoroso que su esposa hizo para cumplirle el sueño y la forma en que se relata el contacto que Macario tuvo con la Muerte y con Dios me asombró.

La muerte como bien dice Conchi León -en el texto introductorio que apareció en los programas de la puesta en escena: Del manantial el corazón– es uno de los temas más importantes en las tradiciones de México. Y Conchi entiende muy bien de la muerte.

De Conchi León he visto dos obras: Cachorro de León y Del manantial del corazón. Dos obras que por su naturaleza atrapan, conmueven y duelen. Al menos a mí. Una de las razones que originaron la apertura de este blog fue comenzar a dialogar conmigo mismo y atreverme a exponer las entrañas de mi ser. Estoy convencido que cuando se le pone nombre a los dolores que corroen las entrañas, se da paso a la cicatrización y con ello a la sanación.

Con las terapias logré comprender que desde chico tuve tendencia a la depresión, sólo que nunca fue reconocida ni identificada. El fútbol fue el primer salvavidas que obtuve para aprender a flotar en este mar llamado mundo y para lograr convivir con la fauna marina que en éste habita. El salvavidas se desinfló. Tiempo después encontré refugio en la lectura y la escritura. Empero, algún día iba a ser insuficiente; somaticé y estuve un mes en cama: migraña y vértigo me invadieron, producto de un episodio de estrés y depresión. Salí adelante y sigo, aquí, vivo. Reviví, yo sí creo que estoy viviendo mi segunda vida gatuna (y eso que me cagan los gatos).

La vida y los pasos que he dado en ella, así como las complicidades y mis talentos que no son muchos, pero sí suficientes; han permitido que esté viviendo en la Ciudad de México, un lugar en el que siempre quise vivir. Y hasta el momento, vivir aquí ha sido igual o similar a lo que me imaginaba años atrás; la he devorado lo más que he podido y espero que la vida me lo siga permitiendo.

La ciudad me ha ayudado a irme reencontrando, a ir reconociéndome y así identificar a cada uno de mis monstruos, fantasmas y próceres que me conforman. Uno de mis principales monstruos es: saber qué lugar ocupo dentro de mi familia, cómo me veo y siento ante y con ellos, y quién creo que soy para ellos. Existen muchas características, comportamientos y formas de ser de mis padres y de mi hermana que no me gustan; y que probablemente las tengo, pero me niego a aceptarlas.

Así como los libros, las obras teatrales no llegan por casualidad, son parte de una búsqueda -a veces inconsciente- temática o estética. En lo personal, estoy consciente que busco obras donde el autor haya puesto sus entrañas en el asador y me ofrezca sus miedos como botana de la conversación que sostendremos. Las obras de Conchi son parte de esa búsqueda, de esa confrontación que tanto necesito comprenderme. Uno necesita, casi siempre, del otro para reflejarse, entenderse.

Gracias a Conchi supe que la muerte es un tema que me  importa y nubla demasiado. No sé cómo se sobrevive a ella y menos cómo se llega a ella de la mejor manera. Aún no me repongo de la muerte de mis abuelas (y de eso ya son 16 años), y recién sufrí la de un amigo, un guía, un cómplice, un compañero de ruta: Ignacio Padilla. Ir a despedirlo y constatar que nunca más lo volveré a ver, me recordó el pavor que me da llegar a ese punto. No creo en el más allá y eso me hace sentirme un poco más solo cada día; y hace que cada ausencia me duela más de lo normal.

Con Conchi deduje que me da pavor que mis padres se hagan viejos, les llegue la muerte y no sepa qué hacer. Hay tantas heridas por sanar, tanto tiempo por recuperar que no volverá y tantas anécdotas que me hubiera gustado contarles, pero que preferí guardarme por saber que jamás las comprenderían, las entenderían, pero sí las juzgarían.

Con Conchi entendí que me da miedo morir y no haber disfrutado la vida lo suficiente, que detestó no haber ido de fiesta en otra edad y sentir, ahora, que estoy llegando tarde a ella.

Con Conchi comprendí que me asusta morir sin antes haber cumplido mis anhelos de trascendencia personal: dar algo a la comunidad cultural de México y de Puebla que les sea beneficioso y por ello me recuerden; publicar los libros que me gustaría compartir con el mundo; construir mi gran biblioteca personal que incluye, además de libros: discos, películas y programas de teatro, así como fotografías con las personas que quise y admiré.

“Necesitas más calma en tu vida”, me dijo el personaje de Conchi en Del manantial del corazón. Ciertamente, la calma es algo que anhelo en vida y no en muerte. Recientemente, en una noche cedemexiquense, Dulce Mariel (teatrera, psicóloga, fotógrafa y buena conversadora) me soltó una certeza: “estás en un momento de búsqueda, donde necesitas definir exactamente qué quieres para ti; en cuanto logres definirlo y soltar lo que te incomoda, las cosas se darán por sí solas”.

Los libros, las puestas en escena, las personas y las ciudades no llegan por casualidad. La vida me puso aquí por algo, la vida me está regalando a las personas que he ido conociendo por algo. Ahora me toca a mí encontrar ese por qué y para qué.

Mientras tanto, hay algo que sí tengo claro, a Puebla sólo puedo regresar a vivir para dos cosas: ser el Secretario de Cultura de Puebla y a morirme.

Tres viñetas sobre FIL-G

A Pedro Ángel Palou con el cariño de siempre.

A Ix-Nic con un abrazo universal y eterno.

A Israel y Deisy por la complicidad de años.

A Edmundo por la amistad literaria.

A Karen por estar.

I

Hace unas semanas asistí la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL-G), la tercera a la que asisto en lo que llevo de vida y, quizá, la segunda más importante a la que voy.

En diciembre de 2005 fui a la FIL-G con dos amigos muy queridos: Jenny Kim e Israel García; nuestros motivos eran tres: el amor a los libros, conocer el evento literario más grande de México y Latinoamérica, y asistir al lanzamiento de la revista Revuelta de la UDLA-P. Dicha revista era impulsada por Pedro Ángel Palou (en aquel tiempo rector de la UDLA-P) y Jorge Volpi e Ignacio Padilla. En aquel año la influencia literaria, humana y cultural que los escritores del Crack tendrían en los tres y principalmente en mí recién comenzaba. Esta FIL-G -dedicada a Perú- tuvo un sinfín de anécdotas que serían material para un cuento que Israel escribió y se convertiría en un emotivo y gracioso testigo de aquella aventura tapatía.

Once años después regresé a FIL-G. La más emotiva, la que más he disfrutado, pero también ha sido la más triste. Fue la FIL-G número 30 y por ello fue dedicada a Latinoamérica, pues todos los países que la conforman son sinónimo de fiesta. Y la FIL-G seguro fue una fiesta para muchos, pero a algunos nos hizo falta Ignacio Padilla.

 

II

En una de mis colaboraciones para el portal electrónico de Mexican Times, compartí alguna de los sentimientos y/o sensaciones que me provocó la reciente edición de la FIL-G. Los retomó y los aumento:

Orfandad: Ignacio Padilla era uno de los asistentes más fieles a la FIL-G y era uno de los principales impulsores del Encuentro Internacional de Cuentistas. El Cuento y muchos de los que asistimos a la FIL-G volvimos a recordar la sensación de orfandad que no hemos olvidado desde aquél fatídico mes de agosto.

Alegría: once años después volví a caminar por los pasillos de la FIL-G con Israel Aguilar, cómplice de la primera odisea en la FIL-G; esta ocasión también fue Deisy Mariscal amiga y cómplice de empresas universitarias culturales; y Karen de la Mora una persona muy especial en estos años de vida que llevo en la Región más transparente, mejor conocida como la Ciudad de México.

Emoción: por fin pude entablar conversación con dos escritores que conocí literariamente gracias a la generación del Crack y la revista Revuelta: Edmundo Paz Soldán y Andrés Neuman. Siguen pendientes Fernando Iwasaki y Santiago Gamboa.

Amor fraternal, familiar: reafirmé que hace años forjé una relación sincera, literaria y sentimental con Pedro Ángel Palou, quien será siempre un guía, un padre literario y uno de los escritores que más influencia tiene en formación cultural.

Soñar: la FIL-G me recordó que hace años deseaba ir de una forma que no fuera un simple espectador; hoy sé que será un lugar al que pronto volveré como un protagonista de la misma. Sólo es cuestión de no abandonar el sendero que he ido trazando.

Pertenencia: se sabe que todo ser humano necesita sentir que es parte de alguien y de algo. Soy tendiente –constantemente- a navegar por la vida con la sensación de soledad, de abandono. La FIL-G, es un espacio para compartir con una serie de tripulantes que probablemente son islas, archipiélagos humanos de soledad. Y todos, ahí, soñamos con contar y escuchar historias. Si la literatura es mi primera patria, la FIL-G es su capital mexicana.

¿Crack?: bien sabemos que es una onomatopeya y el nombre de una generación de escritores mexicanos que innovó el panorama literario de Latinoamérica, pero pareciera que en esta FIL-G se convirtió en la representación de la ausencia de Ignacio Padilla. En la frescura del dolor y la orfandad, Jorge Volpi se aventuró a sentenciar que el Crack llegaba a su fin. Empero, el Crack no puede morir. El Crack es una estética literaria, política y cultural; un discurso. Es punto de quiebre. El Crack hizo Crack en la literatura y no podría hacerse Crack asimismo. Otra onomatopeya tendría que buscarse para describir el fin, pero si el Crack termina: ¿qué nos queda?

III

La FIL-G es pastilla contra la depresión y la sensación de olvido.

La FIL-G es cansancio, sofocación, pero también satisfacción.

La FIL-G es un espacio para pensar que el mundo aún tiene salvación.

La FIL-G es un salvavidas ante este mundo tan cambiante, tan inestable.

La FIL-G es un refugio, una cueva, un barco llamado “El porvenir”.

La FIL-G es un poema de largo aliento.

La FIL-G es un sueño del que uno quisiera no despertar.

Escribir

Quien se jacte de conocerme sabrá muy bien que soy poco disciplinado.

Siempre he tenido problemas con la disciplina, la considero como un ente que obliga, que orilla a cumplir las cosas sí o sí.

La obligación es infierno terrenal inventado por la humanidad para echar a perder todo aquello que se quiere, ama o gusta; es una especie de inquisición mental y temporal.

Aunque, aparentemente, según el mundo de los normales es un invento que te permite funcionar y convivir con el ritmo del mundo.

Sucede que prefiero ir a mi ritmo, al menos en aquello que considero personal o que tiene que ver con mis gustos.

Escribir, pues es un gusto, un disfrute; también un escape, un proceso terapéutico, una confrontación con mi “yo interno” y sin duda una patria a la que viajo cuando estoy dispuesto a transitar por sus veredas. No me gusta llegar a este país por obligación o por que sí.

Escribir también es el momento que encuentro para materializar aquello que me da miedo.

Suena irónico, ¿no?

Uno es ironía.

Todo esto para justificar o explicar mi ausencia del blog.

Vivir siendo uno y lograr no ser comido por la rutina conlleva un esfuerzo agotador, desgastante. La ciudad está llena de seres hambrientos de individuos pensantes y soñadores. A menudo uno debe defenderse de aquellos personajes que creen que la vida se resumen en: despertarse, desayunar, trabajar, comer, trabajar, llegar a casa y dormir.

Y todo eso hacerlo con cierta vestimenta y dirigirse al otro con cierto lenguaje.

Mis armas, mi forma de resistir últimamente es la asistencia al Teatro y las largas conversaciones con la gente querida.

Odio conversar con quien no sea capaz de rebatirme una idea, de acrecentar mi curiosidad o de retroalimentar mis conocimientos.

Escribir requiere atención, silencio y soledad.

Escribir es coquetear un poco con mis lapsus depresivos.

Escribir es un ejercicio que busca la complicidad del otro, el lector, el amigo y por qué no: el enemigo.

Escribir es aferrarse a uno mismo, a la vida.

Escribir para no salir corriendo de aquí, porque la vida y la realidad cada día se ponen más cruentas y absurdas.

Escribir, pues no puede ser un acto disciplinado para mí; ya que todo anhelo quedaría aniquilado y me convertiría en uno más, en una cifra más, en un ente escribidor.